sábado, octubre 02, 2010

Sueños de Peces

Vuelven las gaviotas a volar sobre el pez. Tripas a fuera el pececito lucha por volver al mar, y es cada vez más hondo el agujero que cava en la arena en su intento por saltar, pero es demasiado tarde. A unos pasos, una muchacha de nombre Cristel, pasa los dedos por sus labios porque ha recordado un beso. Entonces, comienza el caos. Un lunático estaciona su motocicleta al lado de un tacho de basura, enciende un cigarrillo y piensa lo siguiente. Cristel no me reconocerá cuando vaya hacia ella, le preguntaré cualquier estupidez, pero antes que mi voz me delate, le romperé el cuello y la arrojaré al mar. Termina de fumarse el cigarrillo y avanza. Abre una verja, cruza la calle, pasa por debajo de una palmera, ríe de no sé qué cosa, baja las escaleras hasta la playa, pisa la arena, ve a Cristel mirando el ocaso, el viento hace que cierre los ojos, aprovecha un recuerdo en aparecer y ¡al diablo! Saca un arma a veinte metros de ella gritando que se quede en donde está, perra maldita. Cristel levanta los brazos, no está muy sorprendida, gira y se pone de rodillas dándole la espalda a las olas. Hay una pistola que apunta a su frente. Por su lado, él, se quita el sombrero, los lentes, el bigote, el saco, y Cristel, se da cuenta que, sí, efectivamente se trataba de mí. Pensé que serías más silencioso, me dijo, ya no eres sofisticado. Sus palabras ya no eran ley en mi cerebro, así que le pegué el tiro de una vez, su sangre tibia me empapó el rostro mientras su cuerpo caía hasta quedarse en una posición muy extraña. Envolví el arma con un pañuelo, miré en todas las direcciones y vi al pececito. Te he vengado, amigo.

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